Saludos, amigos. Soy Andrés Rodríguez, vicepresidente de la Fundación + árboles. He querido experimentar in situ “El Camino de las Ardillas” y, para ello, cogí mi coche, sin más, y me he presentado allí desde donde mi amigo Juan Valero escribe “sus crónicas”.
Me pide Juan que os cuente la jornada de hoy. No creo que pueda hacerlo como él, pero os relataré mis andanzas por estos montes de Euskadi en un día inolvidable, a mi manera. Desde luego, los protagonistas son Juan Valero, Iñaki Gorcuría y el Gorbea. Sólo por haber estado en lugares como este ha merecido la pena el largo viaje desde Extremadura.
El campamento base lo teníamos en el puerto de Urkiola, desde donde salimos con la furgoneta “Reverdilla”. Eran las nueve de la mañana de un día con claros y nubes que rezumaba olor a prados, y con un silencio sepulcral sólo interrumpido por los coches que iban de Durango a Vitoria-Gasteiz.
Salimos camino de Areatza. Se sucedieron paisajes verdes como postales recién hechas, pasamos por Otxando, puerto de Barazar y Zeanuri. Y llegamos a Areatza, un pueblo histórico, bien conservado y limpio. Desde la plaza cogimos un camino estrecho que se adentraba en un bosque impresionante y recorrimos unos cuatro kilómetros hasta un lugar llamado Pagomakurre. Allí tuvimos que dejar el coche.
Mientras nos calzábamos las botas y el atuendo propio, se nos acercó un chicarrón del norte, Iñaki -como muchos vascos-, y nos dijo que nos acompañaba en la subida al Gorbea. Nos contó que tenía una pequeña cabaña allá arriba, y que iba a pasar el fin de semana, después celebrar una fiesta familiar y de que su mujer y su hija decidieran quedarse en Zeanuri, su pueblo.
Ha sido una bendición ir con alguien que conoce el territorio y sus entresijos. Comenzamos a subir por una pista bien señalizada que denotaba un uso frecuente. Dejamos a ambos lados endrinos, acebos, zarzas, espinos, helechos, fresnos y multitud de hayas, entre otras especies. A medida que íbamos subiendo aparecían nuevas, como la brecina, y desaparecía la arboleda cerrada.
La primera charla ornitológica consistió en diferenciar los córvidos. Había cornejas y chovas piquigualdas… Para los de la zona todo son grajos. Vimos tres buitres que salían de la mole rocosa de Lekanda. Seguimos subiendo y nos topamos con vacas pastando, perezosas a la hora de apartarse de nuestro camino. Y gente; gente que subía y bajaba.
Íbamos charlando con Iñaki para conocernos mejor. Juan le explicó muy bien el objetivo de “El Camino de las Ardillas” y enseguida mostró interés. Mientras, la montaña se iba quedando sin arboleda y aparecían altos prados y ovejas. Las chovas piquigualdas engalanaban las desnudas rocas y ponían la nota de sonoro color en el silencio.
Llegamos a la Campa de Arraba, una gran alfombra verde donde pastan caballos, vacas y ovejas. Surgió en la conversación el tema del fútbol y Juan aprovechó sus conocimientos para meterme el dedo en el ojo (figuradamente, no como el tonto de Mou…).
Iñaki puso paz invitándonos a su cabaña y a descubrir el nacimiento de un río, en una cueva, y de otro torrente que manaba bajo un haya. Recorrimos un par de kilómetros y llegamos a una casita acogedora, en plena montaña. Transmitía una sensación entrañable, la de que Iñaki y su gente pasan allí buenos ratos. Iñaki nos dijo que, tras terminar la ruta junto a nosotros, pintaría las ventanas. Juan partió un melón y lo probamos. Muy bueno; las cáscaras para las vacas.
Retomamos camino y bajamos por una especie de glaciar, para buscar el nacimiento de torrentes que luego formarán el río Baia, que desemboca cerca de Miranda de Ebro. El lugar era impresionante: musgo en las hayas y en las rocas, setas en el camino y agua clara, dulce y cristalina. De una cuevecilla brotaba agua y formaba un riachuelo, bajo dos hayas también emergía para crear otro reguero que se unía al anterior. Todo muy bonito, como una estampa preparada. Y, allí, en una roca, vimos una pequeña placa con una inscripción del legendario futbolista Piru Gainza, del Athletic de Bilbao.
Dejamos este lugar para comenzar la ascensión al Gorbea en su último tramo, por una ruta poco transitada, aunque Iñaki la conocía. Un hayedo impresionante se levantaba sobre los helechos. Subimos por una senda pedregosa, con el sonido lejano de unas cabras. Encontramos un boletus reticulatus, que Iñaki guardó en una bolsa con la intención de cocinarlo cuando llegara a su cabaña.
Avanzando por el sendero vimos una familia de jabalíes, tres hembras y seis crías (rayones) que parecían tener “pilas nuevas”. Enseguida descubrimos dos machos jóvenes; pude fotografiar al más grande. Avanzamos en la subida hasta un grupo de cabras, todas de la misma raza menos una. “De vientre rojo”, me hizo observar Iñaki. Dejamos el hayedo y la cima del Gorbea, que sólo tiene pradera, y ascendimos por el límite de Álava y Vizcaya; los mojones así lo atestiguan. Divisamos, a lo lejos y a la vez, Vitoria y Bilbao.
Continuamos con el remonte hasta llegar a la cima, donde hay una cruz de hierro sobre una pirámide. Tiene 37 metros de altura, y en ella se erige una imagen de la virgen de Begoña y un indicador maltratado por los gamberros de turno.
Entonces, se puso feo el tiempo, echamos mano de los chubasqueros y decidimos bajar por una empinada cuesta, por otra cara del Gorbea. Bebimos en una fuente que ofrecía facilidades mediante un bote atado a una cadena, e iniciamos el descenso por una vía irregular, un pedregal que empezó a pasarme factura en los dedos de los pies. Y es que no me había atado las botas tal y como debe hacerse para bajar con tanta verticalidad; Iñaki me enseñó.
De nuevo aparecimos en la Campa de Arraba -esta vez por otro lado- y despedimos a Iñaki, que tomó dirección a su cabaña. Allí nos encontramos con dos chicas que nos hicieron fotos en el recorrido exacto de “El Camino de las Ardillas”. Les explicamos que, justo en esa zona, cuando llueve, hay agua que va a parar al Cantábrico y agua que coge dirección al Mediterráneo, vía Ebro. Escucharon con curiosidad e interés.
Y a caminar… Hasta que Juan dio cuenta de otro trozo de melón. Una pequeña parada en la que me entretuve con una collalba rubia y dos colirrojos tizones que merodeaban por las rocas. Estábamos tomando aire en un punto en el que se veía perfectamente, después de que Juan lo localizara, el territorio diferenciado de “El Camino de las Ardillas”: una sucesión de montes que se acercaban hasta nuestros pies definiendo con toda claridad qué aguas van a parar al mar Cantábrico y cuáles al Mediterráneo.
La bajada final terminó en nuestra furgoneta. Fuimos dejando atrás unos acebos enormes, que no había visto en la subida, junto a un mirlo que comía frutos de un endrino. Ya junto a “Reverdilla”, Juan me enseñó ejercicios de estiramiento muscular que me reconfortaron. ¡Qué alivio poder descalzarme en la furgoneta! Aunque fuera sin comer y después de cinco horas andando por empinadas cuestas.
Regresamos al puerto de Urkiola, con el cante de José “El Cabrero”, recordando las vivencias y remarcando la línea imaginaria del Camino. También con la mente puesta en la siguiente ruta, que es subir a la Fuente de Mari, en el Anboto. Fue un día inolvidable en el que me quedo con la buena compañía de Juan e Iñaki y con haber visto con mis propios ojos el espinazo interminable de “El Camino de las Ardillas”.
Andrés











Buenas noches. Espero que repongas las fuerzas necesarias para continuar haciendo camino al andar. Un abrazo con vigor y ternura desde Sierra Espuña. Vicente Cervantes
Buenas tardes Andres, enhorabuena y felicidades por poder participar en este trayecto del camino, tambien es agradable que otras personas puedan escribir sobre este recorrido, animo y espero nos veamos pronto.
Creo que Juan viene unos días a Riopar, yo me he incorporado hoy tras unos días de fiestas locales.
Un abrazo y hasta pronto.
Juan Segura.
Hola andarines, Andrés muy bueno el ralato y más extenso de lo que nos tiene acostumbrados Juan, se nota que la vivencia en estas rutas del ” Camino de las Ardillas “, la has disfrutado en persona con pasión, ilusión y sufrimiento corporal a la vez, pero ya la tienes en memoría eterna contigo, felicitaciones por ello.
Dale un espaldín a nuestro Juan, para que prosiga en este camino que se esta fraguando
saludazos a todos
Hola Andres!, casi nos encontramos en la ruta.
Estaré un par de dias con Juan trabajando. En este camino se hace muy evidente aquella frase que EL CAMINO ES LA META . Un camino que será una gran area que de a conocer y proteja las vertientes hidrográficas del planeta. Hacer este camino, con humildad y constancia, tanto fisicamente como participando en su divulgación y homologación, es un buen regalo para todos los que lo han de recorrer en años venideros.
Gracias por tus ánimos Julio. Casi nos vemos, me hubiera gustado pasar un rato contigo. En el futuro seguro que habrá ocasión. Saludos
Añadimos las fotos que Andrés Rodríguez anticipó a sus seguidores de Twitter.